Hubo momentos de mi infancia en los que no había mucho que comer. A veces desayunabas y sabías que quizás no habría almuerzo, porque si almorzabas después no habría nada para la cena.
Aun así, muchas veces me acosté con hambre y me fui al colegio sin comer nada.
Mi familia no tenía un hogar propio y yo fui viviendo de una casa a otra, aprendiendo a conformarme con lo que había y con lo que podían darme.
Muchas veces tuve que demostrar que era útil para poder quedarme.
Así que aprendí a ganarme la vida como podía: limpiando, ayudando, haciendo lo que fuera necesario.
Me volví técnico en electricidad, pero era una profesión que no me gustaba.
Hasta que un día, por accidente, apareció la oportunidad de trabajar en peluquería.
Al principio no entendía mucho. Para mí era una aventura. Total, estaba acostumbrado a simplemente agarrar las oportunidades que se presentaban.
Comencé con mi primer curso, con miedo y vergüenza, porque en mis tiempos ser peluquero significaba que se burlaran de mí, que me tildaran de tener una inclinación sexual y que, “según”, había escogido eso porque no había servido para nada más.
Me daba un miedo terrible. Mucha vergüenza.
Pero era la oportunidad. Era el momento. Así que tocaba seguir.
Poco a poco me di cuenta de que tenía que estar allí, porque en medio de un país en crisis por una dictadura, yo podía producir dinero en cualquier lugar: a domicilio, donde vivía o en una peluquería.
Mientras que otras personas simplemente se quedaban sin empleo porque la empresa cerraba, yo podía seguir produciendo.
Además, tenía la libertad de escoger.
Podía decidir cuánto quería trabajar, porque mientras más clientes atendía, más ganaba.
Y había algo todavía más importante:
“Para mí, la peluquería terminó significando mucho más que un trabajo.”
Significó la oportunidad de tener dónde dormir sin miedo a que me corrieran y, mejor aún, la posibilidad de no pasar hambre.